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El día en que el pecado perdió su poder

Pr. Loren Seibold
  • 3 abril, 2018
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Era una acalorada mañana de sábado. Los hombres que se reunían en la sinagoga para adorar escogían los asientos cercanos a las paredes, evitando las enrejadas ventanas que permitían el paso del sol inclemente. Con la espalda contra la fría piedra, charlaban entre sí.

—¿Sigue enferma tu esposa, Mardoqueo? —preguntaba Tadeo.

—Está mucho mejor, alabado sea Dios. Oye, he oído que tu hija se va a casar.

—Sí, con el hijo de Eliezer, el albañil.

Casi todos se conocían, pero también había entre ellos unos cuantos desconocidos, viajeros que se habían detenido para reposar durante el sábado. «¿Cómo está todo por Jerusalén? ¿La echas de menos? —se escuchaba decir—. ¿Qué están haciendo ahora los romanos para hacer nuestras vidas más difíciles?».

Un joven estaba sentado solo y en silencio, con los ojos cerrados, y era difícil saber si su postura era por el cansancio o porque estaba en oración.

—Y tú, muchacho —le dijo el hombre de cabello gris—. ¿De dónde eres?

Con ojos tristes y profundos, el joven le dijo:

—Nací aquí en Nazaret. Mi nombre es Jesús, soy hijo de José el carpintero.

Los que escucharon su presentación se miraron entre sí con las cejas sutilmente levantadas. Ahora lo reconocían: era el muchacho que trabajaba en la carpintería de su padre. Sabían que se había convertido en un predicador itinerante, y que se hacía llamar el Mesías. Incluso habían oído los rumores de sus milagros.

A pesar de la desconfianza que tenían, nadie se opuso cuando se ofreció a pasar al frente a leer el pasaje de las Escrituras que tocaba ese día. Era refrescante escuchar una voz nueva y un punto de vista diferente a los acostumbrados.

Jesús se acercó a la pequeña mesa, colocó uno de los rollos sobre el mantel que la cubría y desenrolló las Escrituras. Buscó el pasaje que se requería, cerró los ojos y oró en silencio. Una expresión intensa se apoderó de su semblante al comenzar a leer: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor» (Lucas 4: 18-19; ver Isa. 61: 1-2).

Le entregó el pergamino al ayudante, se sentó y cerró los ojos de nuevo.

El silencio que vino después se profundizó con el paso de los minutos. Finalmente, se escuchó una voz que con frustración dijo:

—¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿No se acostumbra que el lector explique un poco lo que el profeta quiso decir?

Jesús levantó su cabeza y escudriñó a la congregación, y dijo:

—Por supuesto. Este es el significado: hoy se ha cumplido esta escritura en este lugar. Yo soy aquel de quien Isaías profetizó.

Su misión

En aquella sinagoga de Nazaret, Jesús declaró que el propósito de su vida era liberar a los presos, dar vista a los ciegos y liberar a los oprimidos. En resumen, Jesús dijo que su misión era resolver el problema del pecado, y le dio al mundo un poco de esa misión haciendo el bien durante su vida, para luego morir.

Imaginemos a Mardoqueo y a Tadeo reunidos en el templo de Jerusalén un par de años después, durante una fresca mañana de sábado, para celebrar la Pascua.

—¿Qué sucede? —pregunta Mardoqueo—. Hay un alboroto en toda la ciudad.

—¿No has oído? —contesta Tadeo—. Ayer Jesús, el hijo de José el carpintero, fue ejecutado por los romanos a petición del Sanedrín.

No hay duda de que aquel fin de semana en Jerusalén hubo quienes recordaron el día en que Jesús leyó las Escrituras en la sinagoga. Recordaron el texto que leyó presagiando que pondría fin al pecado. Sin embargo, parecía que había fracasado rotundamente.

¡Cuán faltos de entendimiento eran! Aquello que lucía como una gran derrota, era la más grande victoria espiritual de la historia. La muerte de Jesús fue el toque de trompeta que anunció al universo el fin del pecado.

La muerte de Jesús puso fin al reinado egoísta de Satanás

Satanás siempre ha tenido una imagen equivocada de Dios. Él piensa que Dios es quien es debido a su poder, y por eso codicia el poder divino. De hecho, su intento como Lucifer de usurpar el trono de Dios lo convirtió en Satanás, el engañador. Dijo: «Subiré hasta los cielos. ¡Levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios! […]. Seré semejante al Altísimo» (Isaías 14: 13-14). Ese acto de egoísmo, de pretender detentar el poder y los privilegios de Dios, lo convirtió en el enemigo de todo lo bueno. Por ello el pecado es egoísta por naturaleza. Lo cierto es que aunque Dios es verdaderamente todopoderoso, es su amor y no su poder lo que lo hacen Dios.

El egoísmo que infectó nuestro mundo solo pudo ser vencido por Aquel con el valor suficiente para llevar el amor infinito de Dios hasta el final. Aquel que vivió en contraposición al egoísmo de Satanás. Aquel que lo tenía todo, que podía hacer cualquier cosa y que, sin embargo, eligió sacrificarse voluntariamente.

El apóstol Pablo escribió que Jesús: «Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz» (Filipenses 2: 6-8).

La muerte de Jesús fue todo lo opuesto a la exaltación de Satanás. Y mediante el acto más desinteresado que el mundo haya visto jamás, obtuvo la victoria moral absoluta sobre el autor del egoísmo.

La muerte de Jesús pagó el precio del pecado

Lógicamente, podríamos preguntar: ¿Por qué entonces el pecado tiene un precio? La respuesta es sencilla: Dios se opone al pecado. Él ama a la creación infectada por el pecado y ama a los pecadores; sin embargo, debido a la infelicidad que produce el pecado — él conoce sus enormes y terribles consecuencias—, Dios no puede hacer otra cosa que condenar los pecados deliberados y a los pecadores no arrepentidos.

Debido a ello, Dios estableció una pena terrible para el pecado. La Biblia dice que «el pago que da el pecado es la muerte» (Romanos 6: 23). Estamos condenados a un panorama bastante sombrío, debido a que «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3: 23, RV95).

Sin embargo, había una manera de acabar con el pecado sin destruir al pecador. Pero solo alguien con la más alta posición y la mayor autoridad del universo podría pagar el rescate por toda la humanidad. Dios envió entonces a un miembro de su propia familia para pagar ese precio. En vez de que nosotros pagáramos la pena de muerte por nuestros pecados, el Hijo de Dios «ofreció el sacrificio una sola vez y para siempre, cuando se ofreció a sí mismo» (Hebreos 7: 27).

Gracias a ello podemos, aquí y ahora, reclamar como nuestra la «vida eterna en unión con Cristo Jesús, nuestro Señor», que Dios nos ofrece como regalo (Romanos 6: 23).

La resurrección de Jesús demostró que Dios es más poderoso que el pecado

La historia de Jesús no terminó con su crucifixión. Los extraños acontecimientos en el sepulcro, a las fueras de Jerusalén, se propagaron como el fuego en Judea, Samaria y Galilea. Antes de que un siglo hubiera pasado, casi todo el mundo había oído que aunque Jesucristo había sido crucificado un viernes en la tarde, el domingo en la mañana Dios lo había traído de nuevo a la vida.

Si la muerte del Hijo de Dios demostró el amor y la abnegación divinas, si su muerte pagó el precio de nuestros pecados, su resurrección demostró que Dios tiene poder para vencer el pecado para siempre. Él puede hacerlo en mí, en ti y en todo el mundo.

La muerte es el peor y más horrible resultado del pecado. Es el peor final que podemos esperar. Y es la única experiencia de la que nadie —independientemente de cuán rico, sabio o poderoso sea— puede escapar, excepto Jesús. Aquel domingo en la mañana, hace dos mil años, la muerte fue «devorada por la victoria». Y por eso Pablo pudo preguntar: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Corintios 15: 54-55).

«El aguijón de la muerte es el pecado» (versículo 56), así que la victoria sobre la muerte representa la derrota de todas las formas en las que el pecado puede lastimarnos. Por eso, Pablo pudo exclamar: «Gracias a Dios» que nos da la victoria «por medio de Jesucristo nuestro Señor» (Romanos 7: 25).

Jesús no solo nos da la victoria sobre la muerte, sino también sobre la tentación. Y finalmente, Dios eliminará todo aquello que nos causa infelicidad. Esto quiere decir que ya no habrá más terrorismo, ni sida, ni bombas nucleares, ni familias destruidas, ni depresión.

Regresemos unos instantes a aquella sinagoga de Nazaret; esta vez una semana después de la muerte de Jesús. El ambiente ahora no se siente tranquilo ni relajado. Todos están inmersos en una tensa conversación:

—¿Supiste? —se decían unos a otros—. ¡Él lo hizo! ¡Realmente lo hizo!

—¿Qué fue lo que hizo? —preguntó otro.

—Lo que dijo que haría —responden—. Trajo las buenas nuevas a los pobres, libertad a los cautivos, vista a los ciegos, libertad a los oprimidos. ¡Jesús venció la muerte! Hizo todo lo que dijo que haría: ¡Ha proclamado el año de gracia del Señor!

Lo hizo por todos los que lo aman, por todos los que lo aceptan cada día, por ti y por mí. ¡No puede haber mayor regalo que este!

 Loren Seibold trabaja como pastor de la Iglesia Adventista en Ohio, Estados Unidos.

 

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