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¡Un descuido fatal!

Luis Fajardo
  • 20 junio, 2017
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La Biblia registra los hechos de hombres y mujeres que sirvieron a Dios con rectitud de corazón a costa de sus posesiones, su reputación y aun de su propia vida.

El profeta anunció: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. (Isaías 7:14) Desde que esta profecía fue dicha, muchas mujeres llegaron a la vejez esperando ser la bienaventurada.

Los siglos pasaron, el tiempo del cumplimiento de la bendita promesa llegó, y “el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María”. (Lucas 1:26-27)

En el saludo del ángel (Lucas 1:28) notamos la opinión que tenía Dios de esta joven, que a la vista de la sociedad quizás no tenía ninguna virtud a reconocer, y es que “Dios mira el corazón”. (1 Samuel 16:7)

Al estudiar cuidadosamente la vida de María, nos damos cuenta de algunas de las cualidades y actitudes que sin duda Dios reconocía.

Cada año los judíos de todo el mundo se daban cita en Jerusalén para la celebración de la fiesta de la Pascua. José y María asistían regularmente a esta fiesta sagrada. Al cumplir Jesús doce años, fue llevado para participar de los ritos que, según la costumbre judía, marcaban el inicio de la adolescencia. “Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos, pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole. Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles”. (Lucas. 2: 43-46)

“Por la negligencia de un día, perdieron de vista al Salvador; pero el hallarle les costó tres días de ansiosa búsqueda. Por la conversación ociosa, la maledicencia o el descuido de la oración, podemos en un día perder la presencia del Salvador, y pueden requerirse muchos días de pesarosa búsqueda para hallarle, y recobrar la paz que habíamos perdido. En nuestro trato mutuo, debemos tener cuidado de no olvidar a Jesús, ni pasar por alto el hecho de que no está con nosotros” (DTG p. 65). Con frecuencia debemos considerar la pregunta, ¿Dónde habré dejado a Jesús?

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