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Volvamos al Edén

Charles Mills
  • 2 noviembre, 2017
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Lo que la Biblia dice respecto a la sana alimentación

Cuando Verna van Nuland tenía 66 años, los doctores le dijeron que tenía muy pocas probabilidades de vivir más de un año. Le habían diagnosticado una larga lista de enfermedades crónicas y prescrito una lista igualmente extensa de medicamentos, todo ello con el fin de mantenerla viva un año más.

Verna había dedicado su vida al servicio de los demás. En su hogar de Appleton (Wisconsin, EE.UU.), era conocida como la «Señora de las Flores», porque gestionaba una floristería de mucho éxito. Centenares de parejas se habían prometido mutuamente amarse y honrarse rodeadas por el color y la fragancia de los arreglos florales de Verna. Ahora, cuando ella encaraba sus años de jubilación, parecía que todo el color y la fragancia de su vida se habían desvanecido.

«Pasé años ocupándome de mi negocio y dediqué muy poco tiempo a ocuparme de mí misma», admite Verna. «Mi salud era tan frágil que apenas podía levantarme de la cama. El simple acto de ducharme me agotaba. Muchas veces me dirigía lentamente a un centro comercial cercano y pasaba el día en la zona de los restaurantes para que, si moría, alguien me encontrase».

Entonces ocurrió algo asombroso. Verna descubrió un serie de leyes de salud que Dios mismo había puesto en marcha al mismo tiempo en que creó las flores que Verna preparaba artísticamente y vendía. La Señora de las Flores se topó cara a cara con una verdad poderosa: esas antiguas y a menudo ignoradas leyes de salud establecidas por Dios en el Edén todavía son relevantes para nosotros.

Más allá del Edén

Apenas podemos imaginarnos el dolor que invadió los corazones de Adán y Eva cuando se encontraron mirando a la puerta que los separaba de lo que había sido hasta entonces su hogar en el Jardín. Habían tomado la decisión de vivir conforme a sus propias normas en lugar de las divinas. Habían dirigido sus pies por un sendero que los llevaría a su propia destrucción mientras ponían los pies de su Creador sobre un camino que lo conduciría al Calvario. Debido a sus decisiones, fueron expulsados del Jardín y un ángel se apostó en la puerta para vigilarla.

Desde ese instante, Adán y Eva ya no tendrían un control completo de su entorno. Le habían cedido esa importante responsabilidad a la misma fuerza maligna que había alejado sus corazones de Dios. Habían escogido vivir conforme a una serie diferente de leyes, incluidas las que determinaban el nivel de salud que disfrutaban e incluso cuánto tiempo vivían.

Pero Dios no se rindió. Como cualquier buen padre, quería mantener la conexión con sus hijos extraviados. Siguió introduciendo su amor en las vidas de ellos, aun cuando su presencia no fuera plenamente apreciada o reconocida. Cuando los apetitos humanos empezaron a incluir el gusto por la carne animal, el Creador intentó reducir los peligros inherentes a esa alimentación instruyendo así a Noé, justo después del Diluvio: «Pueden comer todos los animales y verduras que quieran. Yo se los doy». (Génesis 9: 3). De inmediato, añadió una advertencia: «Pero hay una cosa que no deben comer: carne con sangre, porque en la sangre está la vida» (versículo 4).

Generaciones más tarde, cuando los hijos de Israel deambulaban por el desierto de Egipto, Dios notó que los alimentos se estaban reduciendo peligrosamente. A raíz de ello, encendió los hornos celestiales y coció un flamante regalo dietético. «Voy a hacer que les llueva comida del cielo», anunció en Éxodo 16: 4. Dice la Biblia que el pueblo llamó a aquel pan «maná». Era «blanco, como semilla de cilantro, y dulce como hojuelas con miel» (versículo 31).

Desgraciadamente, el pueblo se cansó pronto del maná. «¡Ojalá tuviéramos carne para comer!», se quejaban. «¡Cómo nos viene a la memoria el pescado que comíamos gratis en Egipto!  […] Pero ahora nos estamos muriendo de hambre, y no se ve otra cosa que maná» (Números 11: 4-6). Entonces, Dios alteró su plan solo lo suficiente para permitir que grandes bandadas de codornices se aproximaran para proporcionar la carne que los errantes demandaban (ver versículos 31-32). Pero las codornices estaban enfermas y muchas personas murieron (vers. 33-34).

Así eran las cosas al otro lado de las puertas del Edén: Dios, proveyendo; y los humanos, quejándose. Generación tras generación dieron la espalda al perfecto plan de salud divino, el que había creado antes de la caída de Adán y Eva, pensado para optimizar la salud y la longevidad, diseñado para mantener los corazones, músculos y órganos humanos funcionando a pleno rendimiento para siempre. La enfermedad no era una opción antes de que el pecado se adueñara del pensamiento humano. Se convirtió en la norma después de que aquellas puertas se cerraran de golpe.

Dentro del Edén

Esto nos lleva de regreso a esas puertas herméticamente cerradas a la entrada del Jardín perdido. Si todo lo ocurrido desde ese momento en adelante exigía un compromiso del Dios Creador; si lo que comemos está diseñado para satisfacer a un apetito alterado por el pecado, ¿es posible empujar de nuevo esas puertas, abrirlas y volver al Jardín en el que podemos disfrutar de lo que el Creador tenía en mente al principio? ¿Podemos aprovecharnos del invariable plan de salud divino?

Verna van Nuland es una prueba viviente de que tal oportunidad existe. Siguiendo el consejo de un médico que desesperaba por proporcionar a la agonizante mujer un rayo de esperanza, Verna se inscribió en el programa CHIP (Programa de Mejora de la Salud Cardiaca),[1] un programa orientado hacia un nuevo estilo de vida centrado en una alimentación a base de vegetales y alimentos integrales, acompañada de ejercicio moderado y desafíos mentales estimulantes. En unas semanas, desaparecieron los productos de origen animal del frigorífico, incluidos todos los lácteos. Desaparecieron los dulces de azúcar. Desaparecieron las copas de vino semanales. Desapareció la bebida azucaradas y los refrescos gaseosos. Era como si Verna regresara directamente al Jardín del Edén en lo que se refiere a decisiones alimentarias.

Algo más empezó a marcharse de su vida. Se esfumaron la hipertensión, las molestias en el pecho, la fatiga, los síntomas de reflujo, la obesidad y el dolor. Bajo la cuidadosa supervisión de su médico, suspendió toda su medicación —incluido el oxígeno—, su presión sanguínea quedó controlada, el colesterol descendió a niveles adecuados y su peso se redujo considerablemente.

Hoy, cinco años más tarde, en lugar de acudir a rastras al centro comercial de su localidad para esperar la muerte, Verna hace ochenta kilómetros diarios de bicicleta cuando el tiempo lo permite, juega al escondite con sus nietos y cada mañana espera que entren los rayos del sol por su ventana.

Sí, Verna retrocedió para atravesar aquellas puertas y entró de nuevo en el Edén, adoptando para sí el plan de salud ideal de Dios. Como Adán y Eva antes de la Caída, Verna es libre para pasear entre las plantas y los animales, ya no está encadenada a las enfermedades relacionadas que provocan estragos a tanta gente. Ella conoce de primera mano significado de las palabras de Dios cuando dijo a su pueblo errante: «Si ponen ustedes toda su atención en lo que yo, el Señor su Dios, les digo, y si hacen lo que a mí me agrada, obedeciendo mis mandamientos y cumpliendo mis leyes, no les enviaré ninguna de las plagas que envié sobre los egipcios, pues yo soy el Señor, el que los sana a ustedes» (Éxodo 15: 26).

Ahora con más de setenta años, Verna dice: «Tengo que tomar decisiones correctas cada día. No tengo nada en mi casa que no deba comer, pues, si lo tuviera, me lo comería hasta que se acabase. Esto es como caminar con el Señor; tiene que ver con las decisiones que tomamos a cada minuto, a cada hora, en cada día. Cuando nos ocupamos de nuestra propia salud, es increíble lo que pasa. Quiero decir… ¡que estoy aquí gracias a haber tomado las decisiones correctas!».

La historia de Verna van Nuland se repite a diario miles de veces cuando cada vez más personas caminan de vuelta a través de esas puertas y retornan al plan original e inquebrantable de salud divino. Optan por «caminar con el Señor», como dice Verna, para poner su fe en su poder sustentador y en el potencial sanador que infundió en cada bocado de la alimentación original, basada en vegetales y alimentos integrales.

Las puertas del Edén están abiertas. Podemos quedarnos fuera o entrar. La elección es nuestra.

[1] Ver www.chiphealth.com.

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